EN TODO CASO, AGNÓSTICOS
10/01/2009 versión para imprimir
Eduardo Sotillos

Por el centro de algunas ciudades cuyas calles y plazas se habilitan o se cierran para que se celebren infinidad de actos públicos en los que se proclama la visibilidad de las prácticas religiosas, tanto da que se trate de procesiones, de cabalgatas o de concentraciones multitudinarias donde al cobijo de la fe se expanden mensajes con distinto grado de intensidad en cuanto a su repercusión política, van a circular un par de autobuses con un mensaje en absoluto provocador. En los medios más cavernarios ya ha surgido la protesta.

Los llaman los autobuses ateos y se cuestiona si los ayuntamientos están legitimados para autorizar una publicidad en la que, en lugar de promover la asistencia a una vigilia mariana se sugiere la posibilidad de que Dios no exista. Ni siquiera se niega su existencia. Es tal la prudencia con la que deben manifestarse ,en una sociedad que teóricamente defiende un modelo laico, quienes reclaman su derecho a caminar al margen de comportamientos tradicionales vinculados al imperativo religioso que impregna nuestros protocolos y nuestros calendarios, que los promotores de la idea de los autobuses no han osado proclamar rotundamente su ateísmo.

Han tenido buen cuidado de usar un “posiblemente” que más que un supuesto desafío es una invitación a la reflexión. Ocurre, sin embargo, que para determinadas mentalidades que viven cómodamente asentadas en el dogma, la duda, cualquier duda, es el auténtico peligro. Tras la anécdota de los autobuses, a los que apenas se puede calificar de “agnósticos” subyace una cuestión no resuelta, ni siquiera en la denostada asignatura de “Educación para la ciudadanía” que ha puesto en pie de guerra a los colectivos fundamentalistas.

Esa cuestión es la legitimidad para transmitir con absoluta naturalidad, sin necesidad de pedir perdón por ello, el cuerpo de doctrinas filosóficas que sostienen la imposibilidad de un orden divino en la creación. Parecería lógico que en las mismas escuelas en las que se imparten enseñanzas religiosas, no solo las que se apoyan en el magisterio del Vaticano sino las que corresponden al creciente pluralismo de creencias en la sociedad española, encontraran su hueco natural de expresión los que interpretan el mundo extramuros de cualquier iglesia. Con la misma naturalidad, en los medios de comunicación públicos deberían contar con espacios divulgativos los defensores de una visión agnóstica de la historia, porcentualmente más representativos que los fieles de muchas confesiones que, afortunadamente, han alcanzado ese derecho. Lejos de mí cualquier resabio “anti”. Nadie debería, nunca, poner obstáculos a la circulación de las ideas o de las creencias, por admitir la distinción orteguiana.

Pero de la misma forma que la Ley de la Memoria Histórica pretendía corregir cualquier diferencia de trato a las víctimas de la guerra civil, admitiendo que los caídos del bando vencedor habían sido suficientemente honrados durante décadas, parecería justo abrir cauces para que las nuevas generaciones reflexionen, con base suficiente, sobre el dialogo razón-fe. Y
no prejuzgo el resultado, dios me libre.


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